Han habido noches largas, casi interminables, noches de invierno en las que me quedaba despierta, casi siempre pintando, y sin tener claro qué hacer con mi vida…  noches de otro tiempo, años atrás cuando ni siquiera habría podido imaginar que un día llegaría a tener alguien con quien compartir la vida, cuando me veía a mí misma en un futuro viviendo sola y pensaba que a los 30 un@ ya tiene que haber aprendido todo. 15 años atrás, media vida para mí.                         
Afortunádamente esos años de incertidumbre pasaron, y afortunádamente me equivocaba en todos mis pronósticos y también al pensar que a los 30 uno ya lo tiene todo aprendido, de esto seré más consciente de aquí a otros 15 años si tengo ocasión de echar la vista atrás o de leer estas lineas, quién sabe…                                                                          
  
  
Esas noches me vienen a la memoria con la luna siempre en cuarto creciente, tal vez poco tenga que ver con la realidad, pero sí recuerdo el cielo en una de esas tantas noches, ahora todas las englobo dentro del mismo contexto, noches de incertidumbre, transición y un paisaje "insomne" donde las horas pasaban lentas para mí.                                                  
 
De todas las noches, las que más me atraen son las de luna llena, y no es porque la asocie a las mejores noches de mi vida, es porque la luna llena tiene un atractivo especial, sobre todo en esta época del año cuando las nubes no la cubren y se puede ver en todo su esplendor,  parece observarnos desde lo alto y ser confidente de nuestros deseos. Para mí, además, son noches de inspiración.    
                                                               
Otras veces la luna parece ausentarse y no querer estar presente, esas noches de luna nueva a las que yo he llamado sin luna y sin destino por lo que me evocan. Me hablan de una historia que ya pertenece al pasado, de alguien a quien hoy recuerdo pero que ya no está en mi presente. De la calidez de un verano, de esa sensación de caminar sin rumbo a sabiendas de que esas noches no podrían durar por mucho tiempo. Es como si la luna fuese consciente de ello y por eso se ausentase. Es curioso, pero todas las noches con él fueron sin luna.                                                                                  
                                                                                                                  
    
Noches irrepetibles, noches largas o cortas, o una de tantas como son la mayoría, pero siempre suelen ser el mejor momento del día.  Suerte que la luna no hable…  ¿verdad?   yo sé que todos me entendeis.